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Cómo lidiar con la carga psicológica de los familiares de enfermos con Alzheimer

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Redactado por: Psicóloga Violeta Gutiérrez.

Aunque no es una enfermedad curable, sí se puede tratar. Existen opciones farmacológicas y psicosociales que pueden retrasar la aparición de los síntomas o atenuarlos. Sin embargo, ninguna opción terapéutica erradica la enfermedad. Suele ocurrir en personas mayores de 65 años y la duración media de la enfermedad oscila entre los 8 y los 12 años. Conforme avanza la enfermedad se va observando una evolución negativa en las capacidades de la persona para realizar las actividades de la vida cotidiana.

Debido al impacto negativo que produce tanto en los pacientes como en su entorno social y familiar, esta enfermedad neurodegenerativa se considera como uno de los principales problemas de salud pública. Por ello, la mayoría de los países han desarrollado guías prácticas para la enfermedad. Además, existen confederaciones, múltiples asociaciones y fundaciones que elaboran materiales y proporcionan información objetiva sobre la enfermedad y su cuidado.

Un tratamiento con un gran componente emocional

“Las personas que se ocupan de cuidar de los pacientes reciben muy poco soporte en relación a la información sobre la enfermedad y las ayudas disponibles”

Muchos familiares se ven obligados a cargar con el peso físico y mental que provoca el cuidado de las personas con la enfermedad de Alzheimer, el tipo de demencia más frecuente en nuestro ámbito geográfico. Estos niveles de sobrecarga se deben al enorme esfuerzo que supone para los cuidadores informales afrontar el aumento progresivo de las necesidades de las personas afectadas. Que es especialmente duro cuando aparecen las alteraciones conductuales y cambios psicopatológicos.

Además, las personas que se ocupan de cuidar de los pacientes reciben muy poco soporte en relación a la información sobre la enfermedad y las ayudas disponibles. Todo ello afecta a la calidad de vida de estas personas, queven alterada su vida de manera importante. Por un lado, disminuyen sus relaciones sociales, su actividad laboral y su tiempo de ocio. A la vez que su salud se ve afectada por el agotamiento. En los cuidadores aumentan las patologías a nivel musculo-esquelético y, como consecuencia del estrés crónico que producen las nuevas obligaciones, también a nivel psicológico.

La tarea de cuidar sin la esperanza de provocar una mejora

Diferentes investigaciones han observado que un 40 % de las personas que cuidan padecen problemas de salud física, un 60 % problemas sociales y un 50 % problemas psicológicos. En relación a estos últimos, los principales problemas psicológicos identificados en cuidadores de personas afectadas de alzhéimer son la ansiedad y la depresión.

Detrás existe toda una serie de sentimientos y emociones vinculados tanto a la relación con la persona afectada como a la enfermedad y su progresión. Se han relacionado estos problemas psicológicos con el llamado duelo anticipatorio o duelo en vida como respuesta emocional. Este surge en cuidadores porque saben que la persona que atienden va a fallecer y que no se puede evitar de ningún modo. Este hecho genera sentimientos de ambivalencia y de ambigüedad. Se conoce que las personas con vulnerabilidad psíquica, historia de problemas psicológicos y las que presentan una personalidad marcada por dependencia afectiva y sentimientos de pérdida de control son más proclives a presentar este duelo.

Deterioro de la salud psicológica de los cuidadores

Además de este proceso de duelo en vida, también hay otros factores que afectan a la salud psicológica del cuidador. Por ejemplo, la relación con la persona afectada cambia por las propias dificultades de comunicación que provoca la enfermedad. También cambian los sentimientos desde el momento de la aparición de la enfermedad hasta las siguientes fases, lo que acaba generando ira, culpa e inseguridad. Por otra parte, en los últimos años, algunos autores han identificado entre los cuidadores el desarrollo del denominado síndrome del cuidador quemado.

El estrés que conlleva a diferentes niveles (económico, social, psicológico y de salud física) estar a cargo de un enfermo de Alzheimer desemboca en la aparición de síntomas como desgaste físico, agotamiento emocional, deterioro de la vida socio familiar y pérdida de confianza en uno mismo. Para colmo, la propia situación produce a dificultades en la atención a las personas dependientes.

Como prevenir el desgaste mental

La buena noticia es que los problemas psicológicos se pueden prevenir teniendo en cuenta las peculiaridades de cada persona afectada y de su entorno.

Siempre es de gran importancia acudir a alguno de los lugares, entidades, centros de salud, etc. que proporcionan información sobre cómo socializar con la persona, cómo adaptar la vivienda, qué prestaciones existen y qué servicios de soporte a domicilio pueden solicitarse. Si la persona está vinculada y percibe que necesita un mayor apoyo, debe dirigirse a profesionales de la salud mental tales como psicólogos clínicos, psiquiatras, etc.

Es muy importante pedir ayuda psicológica especializada. Existen terapias que han demostrado su eficacia para mejorar la sintomatología de las distintas condiciones patológicas subyacentes en los cuidadores informales de enfermos de alzhéimer. Hay que reconocer que los grupos psicoeducativos y de soporte emocional pueden beneficiar a los cuidadores. Estos pueden ser útiles no solo por el efecto de encontrarse a otras personas con problemas parecidos, sino por la sensación de protección sobre la salud mental que ejerce la percepción de tener soporte social.

Además, los servicios médicos, asociaciones y fundaciones dedicadas al Alzheimer pueden facilitar materiales de autoayuda, valorar los soportes necesarios y proporcionar ayuda psicológica con el fin de aumentar el bienestar tanto de la persona cuidada como del cuidador informal.

 

 

Contacto Teléfono 6484694143

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Madres tóxicas: aprende a identificarlas y qué hacer para lidiar con ellas

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Redacción por: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 05 de agosto del 2026

Vivir con una madre tóxica puede ser una experiencia muy dolorosa. Las madres tóxicas y dañinas, a través de comportamientos manipuladores y controladores, pueden afectar significativamente el bienestar psicológico de sus hijos. Cuando una madre es tóxica, la relación se caracteriza por un estrés constante, manipulación emocional y una falta de apoyo genuino. La psicología de las madres tóxicas revela patrones de comportamiento que pueden surgir de inseguridades propias, experiencias pasadas o problemas no resueltos.

Una madre tóxica es aquella cuyos comportamientos y actitudes generan un malestar emocional constante y significativo en sus hijos, afectando negativamente su autoestima, autonomía y bienestar psicológico. A diferencia de los conflictos o desacuerdos normales en cualquier familia, la toxicidad implica un patrón de conducta dañino y persistente. A menudo de manera inconsciente, las madres tóxicas priorizan sus propias necesidades emocionales, inseguridades y deseos por encima de los de sus hijos. Esto puede manifestarse a través de la manipulación, el control excesivo, la crítica constante o la invalidación emocional, lo cual crea un ambiente familiar donde el amor se siente condicional y la seguridad emocional es escasa. Aunque el “síndrome de la madre tóxica” no es una categoría diagnóstica oficial, los comportamientos que lo describen se alinean con las formas de maltrato psicológico infantil reconocidas por la investigación. Una propuesta operativa diferencia seis categorías de maltrato psicológico: rechazar, aterrorizar, aislar, explotar/corromper, ignorar y ser negligente con la salud o educación (Arruabarrena, 2011).Las madres tóxicas suelen exhibir una combinación de los siguientes comportamientos que pueden servir como señales para su detección:

Uso de la violencia y manipulación familiar. El castigo físico o verbal es una herramienta común de las madres tóxicas, causando no solo dolor inmediato sino también sentimientos de resentimiento y desconfianza hacia la figura materna. Después de un divorcio o separación, algunas madres tóxicas intentan alienar a sus hijos del otro progenitor, generando división y conflictos dentro de la familia.
Control absoluto sobre las decisiones. Otra señal de una madre tóxica es asumir toda la responsabilidad de la educación de sus hijos, dejando muy poco espacio para que ellos tomen sus propias decisiones y desarrollen su independencia.
Proyección de sus propias aspiraciones. Una madre tóxica suele apuntar a sus hijos a numerosas actividades para que alcancen los sueños que a ella le habría gustado lograr, sin considerar los intereses y deseos individuales de los niños.
Desconfianza en las relaciones sociales. Las madres tóxicas suelen prohibir a sus hijos asociarse con personas que ellas consideran inapropiadas con base en sus propios prejuicios. Esto puede llevar a los niños a ocultar sus amistades o a sentirse aislados.
Comportamiento pasivo-agresivo. Ante la resistencia de los hijos, las madres tóxicas pueden adoptar una actitud resentida y frustrada, utilizando indirectas y manipulaciones sutiles para imponer su voluntad.
Desinterés disfrazado de permisividad. Algunas madres tóxicas permiten a sus hijos hacer lo que quieran, no por ser comprensivas, sino porque no quieren enfrentar conflictos, dejando a los niños sin la orientación que necesitan.
Exceso de protección. Otra de las señales de una madre tóxica es evitar que sus hijos enfrenten problemas o dificultades por miedo a que sufran, limitando su capacidad para desarrollarse y aprender a manejar situaciones difíciles por sí mismos.
Competencia social a través de los hijos. Para las madres tóxicas, el éxito de sus hijos es una herramienta para ganar estatus social, ejerciendo una presión constante para que sobresalgan en todo, lo cual puede generar mucha frustración en los niños.
Imposición de roles de género tradicionales. Las madres tóxicas suelen creer firmemente en transmitir a sus hijas la idea de que tienen que cumplir con roles específicos de género, presionándolas a ser sumisas ante sus parejas y responsables exclusivas de las tareas domésticas. También pueden imponer la maternidad como un deber ineludible, criticando a las hijas que deciden no tener hijos y haciéndolas sentir incompletas o egoístas. Las mujeres sin hijos pueden ser objeto de comentarios constantes sobre su “falta de realización”, lo cual puede generar una fuerte presión emocional y sentimientos de culpa.
Idealización de la pareja. Este tipo de madres inculcan en sus hijas la idea de que su felicidad depende de encontrar y mantener una relación con un hombre, generando una codependencia emocional y un miedo desmesurado a estar solteras.

Una relación tóxica madre e hija se caracteriza por:

la manipulación emocional,
la falta de apoyo,
el cuestionamiento constante del valor personal de la hija.
Las madres tóxicas suelen proyectar sus propias inseguridades y frustraciones en sus hijas, lo cual genera un ambiente de tensión y conflicto constante.

Ser hija de una madre tóxica implica enfrentarse a críticas constantes y a una exigencia desmesurada. Las hijas de madres tóxicas a menudo desarrollan problemas como una baja autoestima y ansiedad debido a la falta de aprobación y de conductas de afecto. Las madres tóxicas con hijas mujeres suelen compararlas negativamente con otras mujeres, generando un sentimiento de insuficiencia y competencia injusta.

Una relación entre madre e hija tóxica no solo afecta a las hijas durante la infancia y adolescencia, sino que también puede tener repercusiones en la vida adulta. Las madres tóxicas con hijas adultas continúan influyendo negativamente y eso dificulta la independencia emocional y la capacidad de establecer relaciones saludables. La relación tóxica entre madre e hija puede perdurar a lo largo del tiempo y afectar múltiples aspectos de la vida de la hija. Incluso, las madres tóxicas en la vejez pueden seguir teniendo un impacto destructivo y exacerbar las dinámicas negativas a medida que van envejeciendo. Las madres tóxicas con sus hijos adultos también generan dinámicas destructivas. Los hijos varones de madres tóxicas pueden enfrentar expectativas poco realistas y manipulación emocional, lo que afecta su autoestima y sus relaciones interpersonales. La relación tóxica madre e hijo varón puede manifestarse en un control excesivo y en la dificultad para establecer límites saludables, impidiendo el desarrollo de una independencia emocional y personal adecuada.

Las consecuencias de tener una madre tóxica pueden ser más o menos duraderas. Uno de los efectos más significativos es el daño psicológico o emocional. Los hijos de madres tóxicas a menudo experimentan baja autoestima, ansiedad y depresión debido a las críticas constantes y la falta de apoyo emocional. El daño causado por madres tóxicas también puede manifestarse en dificultades para establecer relaciones saludables. La desconfianza y el miedo al rechazo, inculcados durante la infancia, pueden llevar a problemas en las relaciones interpersonales y en la vida amorosa. Además, las “secuelas” de tener una madre tóxica se extienden también a la capacidad de los hijos para confiar en otras personas, y en sí mismos.

 

MTF. Violeta Gutierrez Solís

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¿Por qué ordenar tus espacios genera un efecto de orden mental? Aquí te lo cuento

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Redactado por: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 30 de julio del 2026

Si alguna vez experimentaste una sensación de agobio o estrés cuando tu entorno se encontraba desorganizado, probablemente reconozcas la conexión entre el espacio físico y la mente. Esta relación ha ganado cada vez más atención en la psicología contemporánea. Diversos estudios han demostrado que un espacio ordenado puede influir positivamente en la claridad mental, reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo general.

Existen investigaciones recientes que han explorado cómo el orden de los espacios que nos rodean desde nuestros hogares hasta los lugares de trabajo, puede contribuir al bienestar de nuestro cuerpo y mente. Uno de los descubrimientos más interesantes en el área, es que la relación entre el entorno y el estado emocional puede entenderse como bidireccional.

¿Cómo nos favorece el simple acto de organizar el entorno? Por un lado, un entorno desordenado puede causar estrés y malestar emocional, pero a la vez, las personas que experimentan altos niveles de estrés o depresión pueden tener más dificultades para mantener su hogar ordenado. En este sentido, el desorden en el hogar puede ser tanto una causa como un síntoma de problemas emocionales, creando un ciclo negativo que perpetúa el estrés y el desorden (Saxbey Repetti, 2010).

La ausencia de orden no solo afecta la funcionalidad del espacio, sino también al estado emocional. De hecho, se ha demostrado que quienes perciben su casa como desordenada, suelen presentar más emociones desagradables y un menor sentido de control, deteriorando el bienestar mental (Roster et al., 2016). A su vez, acumular objetos puede ser abrumador y generar sentimientos de incompetencia, impactando negativamente en la autoestima. Inclusive, este efecto desfavorable puede extenderse más allá de la persona que vive en un lugar desordenado, afectando las dinámicas familiares y la calidad de las relaciones interpersonales dentro del hogar.

¿Qué mecanismos se activan en nuestra mente frente al orden y al desorden?

Para profundizar en cómo el orden físico afecta en nuestras mentes, es útil considerar los mecanismos neuropsicológicos involucrados en el procesamiento de la información del entorno. Por ejemplo, un estudio relevante en el área investigó cómo las interacciones entre los mecanismos descendentes y ascendentes en la corteza visual humana afectan la percepción y la atención (McMains y Kastner, 2011). Según dicha investigación, la corteza visual procesa la información no solo desde el espacio externo mecanismos ascendentes, sino también a través de señales internas mecanismos descendentes, como expectativas y recuerdos activos en la mente. Estas interacciones son esenciales para entender por qué la sobrecarga de información visual causada por un entorno desordenado puede dificultar la capacidad del cerebro para filtrar información irrelevante, conllevando una mayor distracción y estrés cognitivo.

Otra investigación relevante analizó cómo el espacio físico del hogar se correlaciona con los patrones diarios de humor y cortisol, un marcador biológico de estrés. Los hallazgos sugieren que las personas que describen su hogar como caótico o desordenado tienden a mostrar niveles más altos de cortisol y patrones de humor negativos (Saxbe y Repetti, 2010). El cerebro necesita filtrar constantemente la información irrelevante, un proceso que se ve obstaculizado en un ambiente desordenado. Este esfuerzo cognitivo adicional puede resultar agotador y disminuir la capacidad de procesamiento mental.

El estrés resultante de tal proceso no solo afecta la productividad, sino que también puede tener efectos negativos en la salud física y mental. De este modo, la incapacidad para mantener la atención y la concentración puede llevar a una sensación de frustración, tensión y ansiedad.

Los beneficios a nivel psicológico de mantener un entorno ordenado son numerosos. En primer lugar, un espacio ordenado puede reducir los niveles de estrés, mejorar el estado de ánimo y aumentar la sensación de control externo y competencia. Esto, a su vez, puede mejorar la calidad de vida y la percepción de bienestar general. Además, un ambiente ordenado tiende a facilitar la concentración y la productividad, lo que es especialmente importante en el contexto laboral.

Al mismo tiempo, el mantenimiento de un ambiente arreglado también tiene un impacto positivo en la autopercepción. Pues la capacidad de mantener el orden puede generar una sensación de logro y competencia, mejorando la imagen que tenemos de nosotros mismos. En este sentido, un hogar organizado puede ser una fuente de orgullo y satisfacción, contribuyendo a una mayor autoestima y bienestar emocional.

Teniendo en cuenta todo lo mencionado, también resulta importante aclarar que, mientras que un espacio ordenado puede ser beneficioso para la mente y la productividad, un entorno desorganizado también puede tener sus beneficios. Por ejemplo, existen investigaciones que catalogan los entornos ligeramente desordenados como adecuados para actividades que requieren pensamiento creativo e innovación. En este sentido, la clave está en encontrar un equilibrio que maximice los beneficios según las necesidades de cada persona, evitando grados de desorden que resulten agobiantes.

El vínculo entre el orden y el bienestar mental nos invita a reflexionar sobre cómo nuestras decisiones de organización impactan directamente en nuestra calidad de vida. Más allá de la estética y la funcionalidad, mantener un entorno ordenado puede potenciar significativamente nuestra salud emocional y psicológica. Incluso, investigaciones emergentes continúan señalando cómo el orden no solo reduce el estrés, sino que también mejora la capacidad de concentración y la eficiencia en las actividades diarias, impulsando una actividad mental más organizada. Explorar de qué manera los diferentes niveles de orden afectan puede ofrecer nuevas estrategias para optimizar el espacio personal y profesional. De esta manera, la organización del ambiente puede promover un equilibrio efectivo entre tranquilidad, eficiencia y creatividad en las actividades diarias.

 

MTF. Violeta Gutiérrez Solís

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Aprende a manejar y controlar tu ira

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Redacción: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 23 de julio del 2026

Cada uno de nosotros tenemos una forma de entender el mundo, la realidad y las experiencias que vivimos. Tenemos una serie de creencias y pensamientos sobre cómo deben ser las cosas, cómo debería actuar la gente y cómo debería ser la vida. Precisamente, estos “debería” son unos de los errores más comunes de pensamiento que cometemos. Esta forma de pensar implica imposición y exigencia (tanto en uno mismo como en los demás) y pueden provocar que se produzcan reacciones emocionales de enfado, como la rabia o la ira. Para aprender a controlar estos estados de ira es importante hacer algunos cambios en nuestra forma de entender el mundo (es decir, cambiar lo que pasa por nuestra mente). En este sentido, la terapia psicológica es muy eficaz para desmontar los mecanismos que mantienen la ira y trabajar alternativas saludables. Para gestionar la ira de manera eficaz no basta con intentar calmarse en el momento. Es necesario comprender qué la activa, cómo interpretamos las situaciones y de qué forma esos pensamientos influyen en nuestras reacciones. Para aprender a controlarla mejor, es importante tener en cuenta los siguientes elementos:

Existen personas con puntos de vista diferentes al nuestro.
Existen diferentes modos de entender y de hacer las cosas, lo cual nos enriquece.
Si una persona plantea una opción diferente a la que creemos correcta, no lo hace para fastidiarnos, se trata de otro punto de vista y hay que respetarlo.
No esperes a que los demás cambien o sean diferentes, los demás son como son, no son “como deberían ser”, no son “como nos gustaría que fuesen”.
Tampoco podemos controlar los errores de los demás, por lo tanto, es bueno aprender a aceptarlos tal como son, de lo contrario solo sentiremos frustración, odio y hostilidad.
No impongas cómo tienen que ser las cosas y no exijas que los demás reconozcan que sólo tú tienes la razón.
No levantes la voz, no insultes.
Comunícate en primera persona: yo siento, yo quiero, en lugar de tú eres, tú me haces. Los mensajes yo son un vehículo para transmitir nuestros sentimientos de manera respetuosa.
Juzgamos el comportamiento de los demás y dichos juicios se basan en un conjunto de reglas de cómo debería o no debería actuar la gente. Así, pensamos que las personas que se comportan de acuerdo con nuestras normas son buenas y las que no, están equivocadas o son malas. Damos por sentado que la gente debe conocer y aceptar nuestras reglas y, cuando las rompen, lo interpretamos como una ruptura deliberada de lo que es correcto.

Terapia psicológica para aprender a gestionar la ira. – Controlar la ira no consiste en reprimirla, sino en entender qué la provoca, modificar los pensamientos que la alimentan y aprender estrategias prácticas para manejarla de forma saludable. Identificar los deberías, cuestionar las creencias rígidas, practicar la empatía y aplicar técnicas de autocontrol son pasos clave para reducir la agresividad y mejorar tus relaciones. Si sientes que la ira aparece con demasiada frecuencia, te desborda o está dañando tu bienestar o tus vínculos, la ayuda profesional puede marcar la diferencia. Sigue estos 10 pasos para que prendas a controlar tu ira.

1. Piense antes de hablar. – En el calor del momento, es más fácil decir algo que luego lamentará. Tómese unos momentos para ordenar sus pensamientos antes de decir algo. Esto también permite que las otras personas involucradas en la situación hagan lo mismo.

2. Una vez que se haya calmado, exprese su malestar. – Tan pronto pueda pensar con claridad, exprese su frustración de una manera asertiva, pero sin generar confrontación. Hable de sus preocupaciones y necesidades de forma clara y directa, sin lastimar a otros ni tratar de controlarlos.

3. Haz algo de ejercicio. – La actividad física puede ayudar a reducir el estrés que puede causarle ira. Si siente que la ira está aumentando, salga a dar una caminata vigorosa o a correr. O haga alguna actividad física que disfrute durante algún tiempo.

4. Tómese un descanso. – Los descansos no son solo para los niños. Haga pequeñas pausas a lo largo del día en momentos que suelen ser estresantes. Tomarse un momento de tranquilidad puede ayudar a que se sienta mejor preparado para enfrentarse a lo que venga sin que sienta irritación o enojo.

5. Identifique posibles soluciones. – ¿Se enoja porque la habitación de su hijo está desordenada? Cierre la puerta. ¿Su pareja llega tarde a cenar todas las noches? Programe las comidas para más tarde en la noche. O acuerde comer por su cuenta algunas veces a la semana. Además, sea consciente de que algunas cosas están simplemente fuera de su control. Intente ser realista en cuanto a lo que puede y no puede cambiar. Recuerde que la ira no soluciona nada y solo podría empeorar todo.

6. Recurra a las declaraciones en primera persona. – Criticar o echar culpas solo podría aumentar la tensión. En cambio, use frases en primera persona para describir el problema. Sea respetuoso y específico. Por ejemplo, diga: “Me molesta que se haya ido de la mesa sin ofrecerse a ayudar con los platos” en lugar de “Nunca hace las tareas del hogar”.

7. No guarde rencor. – El perdón es una herramienta poderosa. Si permite que la ira y otros sentimientos negativos sustituyan a los positivos, quizás note que su propia amargura o sentido de injusticia le abruman. Perdonar a alguien que le hizo enojar puede ayudarle a aprender de la situación y a fortalecer la relación.

8. Recurra al humor para liberar la tensión. – Aligerar la situación puede ayudar a aliviar la tensión. Recurra al humor para enfrentar aquello que le hace enojar y, de ser posible, las expectativas poco realistas que pueda tener sobre cómo deberían salir las cosas. Evite el sarcasmo, ya que puede herir sentimientos y complicar las cosas.

9. Practique habilidades de relajación. – Cuando se sienta enojado, ponga en práctica sus habilidades de relajación. Haga ejercicios de respiración profunda, imagine una escena relajante o repita una palabra o frase que lo tranquilice, por ejemplo, “tómatelo con calma”. También puede escuchar música, escribir en un diario o hacer algunas posturas de yoga; lo que sea que le permita relajarse.

10. Sepa cuándo buscar ayuda. – Aprender a controlar la ira puede ser difícil a veces. Si su ira parece estar fuera de control, causa que haga cosas que lamenta o lastima a quienes están a su alrededor, busque ayuda.

 

 

MTF. Violeta Gutiérrez Solís

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