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TESTIMONIO: MI EXPERIENCIA EN LA EMBAJADA DE MÉXICO EN ITALIA

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Durante el evento de recibimiento del empresario mexicano, Valentín Díez Morodo.

Durante el año 2016 tuve el honor de poder trabajar en la Embajada de México en Italia con sede en Roma, más precisamente en la Oficina de Política, Derechos humanos y Prensa.

A lo largo de mi ciclo dentro de esta representación diplomática, me di cuenta del orgullo y satisfacción que significa el representar a nuestro país en el mundo. Cada una de las personas que estábamos ahí coincidíamos y transmitíamos esa dicha y responsabilidad, cada quien desde su puesto o escritorio. De igual manera tuve el placer de conocer y platicar con diversas personalidades, unas del mundo artístico, otras del empresarial y otros agentes mexicanos que de una u otra manera llevaban a México en cada una de sus palabras, acciones y proyectos.

En el ámbito meramente laboral, pude empaparme de todas las áreas de la embajada, tuve la oportunidad de poder desempeñarme unos días en la Oficina Consular, con la redacción de notas verbales de carácter diplomático, posteriormente en la Sección de Cultura y en la Económico – Comercial y Multilaterales. Esta rotación previa antes de entrar a mi puesto oficial, me ayudó a poder conocer los diferentes temas, y entender más en lo general las funciones e importancia de la sede diplomática.

Posteriormente, ya establecido en la Oficina de Política, Derechos humanos y Prensa, tuve el placer de conocer a mi jefe, el Lic. Alfonso de Alba Aguayo, excelente diplomático y funcionario público, miembro del Servicio Exterior Mexicano y quien recibiera en 2014 el Premio Nacional de Administración Pública por su impecable labor como cónsul en Tucson, Arizona.

En esta oficina colaboré como asistente y auxiliar con la elaboración de análisis sobre la situación política, económica y social en Roma, Italia y la Unión Europea, dichos escritos pasaban a mi jefe y posteriormente al embajador, Juan José Guerra Abud. Así mismo me encargaba de monitorear e informar de manera diaria a la Secretaria de Relaciones Exteriores, todas aquellas noticias de la prensa italiana y europea relacionadas con México. De la misma manera me desempeñe en la colaboración durante los diferentes eventos protocolarios, dentro y fuera de la embajada, como el recibimiento de embajadores, ministros y diferentes figuras políticas italianas durante la celebración del Grito de Independencia, auxilio en temas de logística en la exposición ¨Lapidarium¨ en el Coliseo Romano del escultor mexicano, Gustavo Aceves, así como en la visita del reconocido empresario, Don Valentín Díez Morodo, con quien tuve una muy amena y nutrida plática. De igual modo, tuve la oportunidad de poder participar en contadas ocasiones en la organización y envió de la valija diplomática de Roma hacia la Ciudad de México.

Así mismo, conocí y entable amistad con los diferentes agregados militares, más en concreto con el General Brigadier y actual Jefe del Estado Mayor de la 17/a. Zona Militar, Roberto Pérez Ceja, representando al Ejército Mexicano y a su contraparte, el Contralmirante, Sacramento Morales, por parte de la Secretaría de Marina. De ellos no puedo más que agradecer cada una de sus atenciones y consejos, personas que contagian un tremendo amor y lealtad a la patria, de quienes aprendí que la disciplina y empeño en cada labor deben ser estandartes de vida tanto en lo personal como en lo profesional.

Al mismo tiempo, a lo largo de mi estadía en la representación, me di cuenta que no existe cosa más gratificante que disfrutar lo que haces, las horas y días corrieron rápido, pedía poder extender mi horario para poder sumar y ayudar en lo que se pudiera, no llegó a mí en lo absoluto la sensación de cansancio, siempre quise hacer más. Esto me motivó e impulsó a dar a conocer mi vivencia al regresar a la universidad en la Ciudad de México, así como para ayudar por medio de la sociedad de alumnos a mis compañeros con su proceso de documentación y aceptación en las diferentes embajadas de nuestro país en el mundo.

Por otra parte, también me tocó vivir momentos difíciles y de estrés, uno de esos días fue el 24 de agosto de ese año, cuando durante la madrugada se registró un sismo con magnitud de 6,2 con epicentro en la zona central de Italia, cerca de Roma. Este evento generó caos y dudas, las llamadas de información sobre daños y victimas ocuparon los siguientes días, motivo por el cual la embajada tuvo que implementar un plan de información para todos aquellos que necesitaran ayuda.

Sin duda alguna, el haber formado parte de esta representación me mostró la importancia que tiene el cuerpo diplomático y del Servicio Exterior Mexicano a lo largo del mundo, ellos son los que abren las puertas de nuestro país a las diferentes culturas y los que se encargan de difundir y dar a conocer cada una de las regiones, fortalezas y bellezas que nuestro país tiene.

Finalmente, quiero agradecer infinitamente al Embajador Guerra Abud, por su bienvenida y constante seguimiento que tuvo a lo largo de esos meses, su trabajo me inspiró respeto y formalidad en cada acción que llevó a cabo. De igual manera quiero mandarles un fuerte abrazo lleno de agradecimiento y admiración al Ministro Gabriel Rosenzweig, al Cónsul Gustavo Martínez Cianca, a la Lic. María Cerón Vélez, a la Lic. Rosa Elba del Rio y a todos aquellos que me alentaron, aconsejaron y guiaron a lo largo de todo ese tiempo para poder cumplir mi trabajo de manera cabal y ser un buen agente de representación de México en el mundo.

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La maternidad sin un contexto de apoyo y contención, se convierte en una tarea muy difícil de realizar

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Redacción por: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 07 de mayo del 2026

Desde la psicología perinatal y la evidencia clínica, sabemos que el bienestar emocional de las madres y sus familias no es un aspecto secundario, sino un pilar fundamental para la salud mental materna e infantil. Por eso, hablar de maternidad en soledad no es una cuestión individual, sino un problema de salud pública y social que nos atraviesa a todos.

La maternidad es una experiencia profundamente transformadora a nivel emocional, psicológico y corporal. Sin embargo, no todas las mujeres la viven en las mismas condiciones. Para muchas madres, criar se convierte en una experiencia marcada por la soledad, la sobrecarga y el agotamiento extremo. Cuando no hay una red de apoyo real, la maternidad puede vivirse como una tarea imposible, no por falta de amor o capacidad, sino por falta de sostén y de manos que nos ayuden a lidiar con esta etapa tan retadora de la vida.

Nuestras madres, y sobre todo nuestras abuelas, criaban de forma muy diferente. No porque fueran mejores o peores madres, sino porque el contexto era radicalmente distinto. La vecina entraba a tu casa sin llamar y se quedaba con el bebé mientras tú hacías la compra. La abuela vivía en el mismo edificio o a dos calles de distancia. Las primas, las tías, las comadres se turnaban para cuidar, aconsejar y ayudar. Nadie esperaba que una madre lo hiciera todo sola. La crianza era un asunto colectivo. Los niños jugaban en la calle mientras varias madres vigilaban desde las ventanas. Si un niño se caía, la primera que llegaba lo levantaba, sin importar de quién fuera. Las comidas se compartían, los consejos fluían de manera natural y nadie te juzgaba por no ser perfecta, porque todas estaban en el mismo barco.

La maternidad en soledad no se limita a las madres que crían sin pareja. Incluye también a mujeres que, aun teniendo pareja, familia o vínculos cercanos, se sienten solas en el ejercicio cotidiano de la crianza. Son madres que no cuentan con apoyo emocional, práctico o mental suficiente para sostener las demandas constantes que implica cuidar a un bebé o a un niño pequeño.

La soledad materna es un factor de riesgo para el desarrollo de ansiedad, depresión perinatal, agotamiento emocional y dificultades en la regulación emocional. No porque la madre “no pueda”, sino porque está expuesta a un nivel de exigencia continuado, sin espacios de descarga ni contención, donde la lista de “deberías” añade aún más peso a su soledad.

Vivimos en una cultura que promueve la idea de que una “buena madre” es aquella que puede con todo. Esta narrativa de autosuficiencia invisibiliza una realidad biológica y psicológica fundamental: el ser humano no está diseñado para criar en aislamiento. Criar siempre ha sido un acto colectivo. De ahí la conocida frase que dice que para criar a un niño hace falta una tribu entera. Sin embargo, pocas veces se añade algo esencial: para que unos padres y especialmente la madre puedan criar, cuidar y amar de forma suficientemente buena, también necesitan ser sostenidos.

La maternidad no debería recaer sobre un solo cuerpo ni una sola mente; necesita una comunidad que acompañe, contenga y cuide a la madre para que ella pueda cuidar. La maternidad activa sistemas neurobiológicos de apego, alerta y cuidado que necesitan descanso, seguridad y apoyo externo para funcionar de manera saludable. Cuando una madre se mantiene durante meses o años en un estado de hiperexigencia, su sistema nervioso entra en modo supervivencia. Clínicamente, esto se traduce en:

Fatiga crónica (está todo el tiempo cansada)
Irritabilidad constante (cualquier cosa la hace estallar)
Dificultades para dormir incluso cuando el bebé duerme
Sensación de estar siempre “en guardia”, como si el cuerpo nunca pudiera bajar la alerta
Disminución de la capacidad de disfrute (las cosas que antes le llenaban dejan de tener sentido)

Uno de los aspectos más invisibles de la maternidad en soledad es la carga mental. La madre no solo ejecuta tareas, sino que piensa, anticipa, organiza y sostiene emocionalmente todo lo relacionado con la crianza. Esta carga mental constante genera un desgaste cognitivo y emocional que muchas veces no es reconocido ni por el entorno ni por la propia madre. Desde la clínica, observamos cómo esta sobrecarga favorece la aparición de pensamientos rumiativos, autoexigencia extrema y sentimientos persistentes de insuficiencia. Cuando no hay con quién compartir decisiones, dudas o miedos, la mente materna no descansa. Una madre emocionalmente desbordada tiene más dificultad para regular sus propias emociones, y esto impacta directamente en la experiencia vincular. Desde la teoría del apego sabemos que para que una madre pueda ofrecer seguridad emocional, ella misma necesita sentirse mínimamente segura y sostenida. Cuando esto no ocurre, pueden aparecer:

Mayor reactividad emocional
Sentimientos intensos de culpa tras episodios de irritabilidad
Sensación de desconexión emocional momentánea
Miedo a “dañar” el vínculo

Uno de los factores que más agrava la maternidad en soledad es la idealización social de la maternidad. Existe una presión implícita para mostrarse feliz, agradecida y plena, incluso cuando el malestar es intenso. Este mandato de felicidad genera silencio. Muchas madres no expresan su sufrimiento por miedo al juicio, a ser etiquetadas como “malas madres” o a preocupar a los demás. Desde la práctica clínica, este silencio es especialmente preocupante, ya que retrasa la búsqueda de ayuda y aumenta el riesgo de psicopatología perinatal.

El acompañamiento psicológico en la maternidad no es un lujo, es una intervención preventiva y reparadora. Espacios donde la madre pueda hablar sin ser juzgada, comprender lo que le ocurre y construir recursos internos y externos son fundamentales.  Además del apoyo profesional, las redes comunitarias, familiares y sociales cumplen un rol clave. No se trata solo de “ayudar con el bebé”, sino de sostener emocionalmente a la madre.

La maternidad en soledad no debería ser normalizada ni romantizada. Es una experiencia que, sin apoyo, puede generar un sufrimiento profundo y sostenido. Como sociedad, necesitamos revisar el lugar que damos a las madres, los recursos que ofrecemos y las expectativas que imponemos. La maternidad nunca fue pensada para vivirse sola. Y está bien admitirlo. Está bien pedir ayuda. Está bien no llegar a todo. Está bien ser una madre imperfecta, cansada y real.

Al final, lo que los hijos necesitan no es una madre perfecta que lo haga todo sola y colapse en el intento. Necesitan una madre presente, humana, que les enseñe con el ejemplo que pedir ayuda es un acto de valentía, que los límites son sanos y que la vida se vive en comunidad, no en soledad heroica.

La soledad maternal no es un fracaso personal. Es un fracaso colectivo, una estructura social que nos ha abandonado mientras nos exige más que nunca. Reconocerlo es liberador. Y empezar a construir nuestras propias tribus, imperfectas pero reales, es profundamente revolucionario.

Si tú eres una de esas madres que se siente sola, que ha tenido que criar lejos de su red, en otro país, en otra cultura o sin apoyo suficiente, quiero que sepas algo importante: son muchas las mujeres que viven experiencias similares, aunque no siempre se nombren. Reconocerlo es el primer paso para romper el aislamiento y abrir espacio al acompañamiento y al cuidado compartido. Desde aquí, te nombro, te veo y te abrazo.

 

Contacto: MTF. Violeta Gutiérrez Solís

Facebook: Psicóloga Violeta Gutiérrez

Instagram @psicologagutierrez

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Cosas que puedes hacer como padre o madre para que tus hijos sean niños más felices

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Redacción por: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 29 de abril del 2026

Cuando les pregunto a los padres en consulta qué desean para sus hijos, el 99% tiene la misma respuesta. Que crezca sano y que sea feliz. La felicidad es uno de los principales deseos de todo padre para sus hijos y, sin embargo, pocos conocen qué ingredientes lleva la receta que permitirá a sus hijos ser felices tanto hoy como el día de mañana. Cuando a tí te educaron se sabía muy poco acerca de cómo ayudar a los niños a ser felices, pero en los últimos años, la psicología positiva y la neurociencia han encontrado muchos datos acerca de las claves que hacen que seamos más felices. Te comparto algunas acciones de los padres que más contribuyen a la felicidad presente y futura de sus hijos.

1. Dale mucho amor.

El amor es al cerebro lo que el agua a una planta. Los niños que han sido queridos, besados, tocados, achuchados, cogidos en brazos, cuidados y escuchados crecen siendo adultos que se sienten seguros en el mundo. Cuando besas a tus hijos o los llevas a la escuela de la mano vuestro cerebro segrega oxitocina una hormona que une al niño con sus padres y le aporta amor y confianza. Vestirles, bañarles, llevarlos al médico o hacerles la comida unen a padres e hijos, también genera oxitocina y les permite sentir que el mundo es un lugar seguro.

2. Pon límites y normas.

Si pensamos a corto plazo, todo niño sería más feliz si sus padres le permitieran hacer todo lo que le da la gana. Pero la ciencia ha demostrado que los niños que aprenden a respetar normas llegan a ser adultos capaces de satisfacer sus deseos de acuerdo a las normas sociales. Por eso es tan importante que los padres sean capaces de establecer rutinas positivas, límites y normas. Establecer límites y normas ayudan mucho a los niños a sentirse más seguros en un mundo cada vez más incierto y cambiante.

3.Juega, juega y juega.

El juego estimula el contacto físico, ayuda al niño a aprender a establecer vínculos con sus padres y es un acto de disfrute en sí mismo. Si quieres que tu hijo sea un adulto feliz permítele que juegue libremente y disfruta jugando con él. Si el niño no juega de pequeño, no lo hará de mayor y sabemos que seguir teniendo la capacidad de jugar es una de las claves de las personas adultas altamente felices.

4.Enséñales a agradecer las pequeñas y grandes cosas.

Las personas más felices tienen el hábito de agradecer y sentirse agradecidos. El simple gesto de dar las gracias cuando tu hijo sale del baño cuando se lo pides y de enseñarle a decir gracias cuando le das una galleta contribuirá a aumentar su felicidad. Si además introduces una rutina sencilla como dar las gracias cada día por tener alimentos, un techo donde resguardarnos, por haber recibido la visita de la abuela o por haber podido jugar con un amiguito el sentimiento de gratitud se extenderá a la vida.Mi hora favorita para dar las gracias es la hora de la cena. Recuerda que no hace falta ser religioso para dar las gracias; sentirse agradecido es un sentimiento libre de todas las culturas y creencias y la realidad es que aquellas personas que son conscientes de las cosas buenas que ocurrieron en su vida son más felices.

5. Educa de forma positiva.

Sabemos que la forma de poner límites y normas influye mucho en la vida de los niños porque una de las mayores fuentes de sufrimiento e insatisfacción en el mundo de los adultos tiene que ver con la forma en la que nos enfrentamos a los conflictos interpersonales. Así, los niños que aprenden de sus padres a resolver conflictos, respetar normas y límites con menos gritos y enfados, no solo llega a ser adultos con una mejor autoestima, sino que también son capaces de resolver conflictos interpersonales de una manera positiva. La Asociación Americana de Pediatría recomienda a los padres que aprendan a educar a los hijos con estrategias positivas.

6. Comienza siendo tú feliz.

Los niños son grandes imitadores. Mientras conversamos, mientras nos enfrentamos a nuestros problemas, el cerebro de los niños imita nuestra forma de ser para ponerla en práctica cuando tenga la oportunidad. Este ensayo general lo realizan unas neuronas que llamamos neuronas espejo encargadas de imitar todo aquello que observan. Si te muestras infeliz e insatisfecho con tu trabajo, con tu pareja o con la vida en general el cerebro de tus hijos imitará tu forma de entender el mundo. Si criticas sentirá que las personas son una decepción, si desconfías sentirá que las personas no son de fiar, si te preocupas aprenderá que el mundo está lleno de peligros. Si te olvidas de sonreír, disfrutar o vivir la vida con alegría tus hijos también lo olvidarán. Educar en positivo ayuda a prevenir traumas emocionales en la infancia y crecer con un sentimiento de confianza y seguridad que les acompañará toda la vida

7. Acepta tus fracasos y los suyos también

Todos podemos equivocarnos, el error y el fracaso son parte de la vida. Si preguntamos a las personas de más éxito del planeta nos dirán que el éxito sólo ha llegado después de muchos fracasos. No juzgues sus fallos, ni despiertes la culpa cuando no lo hacen bien. Acéptalo con humor y cariño y enséñales a volver a intentarlo, a superarse con esfuerzo e ilusión y aceptar que equivocarse es solo una parte de aprender. Un secreto: si no eres indulgente con tus propios fallos, ellos tampoco lo serán.

8. Deja que se enfrente él/ella mismo a los problemas de la vida.

Ser feliz requiere trabajo y entrenamiento y sobreproteger o ponerlo todo fácil no ayuda. Si quisieras que tu hijo fuera rápido no intentarías correr muy rápido con él en brazos,sino que dejarías que corriera solo. Si quieres que sea capaz de ser feliz en la adversidad, no hagas que el viento sople siempre a su favor, dale la oportunidad de navegar en tempestades y aprender a afrontar el viento en contra.

 

Contacto: MTF. Violeta Gutierrez Solís

Facebook: Psicóloga Violeta Gutiérrez

Instagram @psicologagutierrez

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¿Cómo hacer crecer nuestra empatía hacia los demás? Aquí te comparto algunos tips para lograrlo

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Redacción: Psicóloga Violeta Gutiérrez, 23 de abril del 2026

Se podría pensar que la empatía es un rasgo de la personalidad: hay personas que parecen ser empáticas por diseño. Y claro, la empatía es más natural para algunos de nosotros. Las personas llamadas empáticas tienen una gran capacidad para relacionarse con los sentimientos de otras personas; a veces, casi sienten demasiada empatía. Pero la empatía también es una habilidad. Con la práctica, puedes desarrollar tu músculo de la empatía y mejorar tus conexiones con los demás. Desarrollar la empatía es un conjunto de habilidades que se pueden perfeccionar y desarrollar.

Ser más empático requiere esfuerzo. Es parte de la naturaleza humana huir del dolor. Ser empático significa involucrarse en el dolor de otra persona en lugar de distanciarse de él. Poder reconocer la incomodidad y apoyarse en ella es una elección consciente y un desafío por el que una persona puede trabajar. Para ser más empático, ponte en la perspectiva de la persona con la que quieres sentir empatía. Los conoces y sabes la emoción que están experimentando. Entonces, puedes imaginar cómo se sienten. Se trata de comunicar que estás con ellos y que no están solos. No intentes cambiar a la persona ni su emoción, simplemente conéctate con ella.

Por empatía se conoce a la capacidad que tenemos los seres humanos por ponernos en el lugar de otra persona y entender las emociones y los sentimientos que puede llegar a experimentar nuestro interlocutor, incluso si no estamos de acuerdo con sus opiniones o creencias. La clave esencial es que se trata de una habilidad para entender qué siente la otra persona, y más específicamente para entender por qué está sintiendo eso en un momento de terminado. Por ello, es uno de los elementos psicológicos clave para ser capaces de crear vínculos sociales fuertes y relaciones fluidas con los demás.

Por suerte, la empatía es una habilidad que se aprende de manera natural a través del desarrollo psicosocial de los niños y las niñas desde la infancia, que se refuerza durante la adolescencia y que se va poniendo en práctica a lo largo de la vida de la persona; sin embargo, esta puede ser potenciada también en la etapa adulta, siempre que se pongan en práctica varias estrategias para desarrollar la empatía.

Las personas más empáticas tendrán mayores facilidades para relacionarse correctamente con los demás. Por el contrario, las personas con pocas habilidades de empatía tendrán mayor dificultad para comunicarse con su entorno y para llegar a establecer relaciones más intensas y profundas. Por eso, es importante adoptar hábitos que nos permitan experimentar la empatía con todos sus matices. Estrategias para desarrollar la empatía en tus relaciones con los demás

1. Piensa en las prioridades de los demás. – No todo el mundo rige su vida según nuestros valores y nuestros objetivos a medio y largo plazo, y pasar esto por alto puede hacer que las relaciones sean poco fluidas. Solamente el hecho de centrar nuestra atención en otras personas distintas a nosotros nos hará ser empáticos y ponernos en el lugar del otro, y nos alejará del egocentrismo. Así podremos empezar a incorporar en nuestro día a día, de manera progresiva, el pensamiento por otras personas que se encuentran en nuestro entorno.

2. Evita los prejuicios. – De manera constante tenemos tendencia a crear una idea propia sobre otras personas y concebirlas tal y como nosotros hemos imaginado que son desde el principio. Esta técnica basada en el prejuicio es muy poco recomendable, ya que además de ser poco empática e injusta en muchos casos, nos impide conocer verdaderamente a otras personas que se cruzan en nuestro camino. En lugar de realizar juicios de valor previamente o dejarnos llevar por los prejuicios, es importante conocer antes a esa persona y valorarla únicamente por la realidad.

3. Considera las posibles causas contextuales del mal comportamiento. – Muchos patrones de comportamiento considerados “malos” o poco adecuado tienen entre sus principales desencadenantes situaciones que no están bajo el control de la persona que se comporta mal. Por ejemplo, una adicción o una infancia traumática a causa de problemas familiares. Tener en cuenta estos aspectos que van más allá de la propia individualidad es otra manera de desarrollar empatía.

4. Agradece siempre que tengas oportunidad. – El agradecimiento es otro signo de empatía que no debemos pasar por alto, ya que significa que valoramos el esfuerzo de aquellos que nos ayudan o nos hacen cualquier favor. Las personas más empáticas valoran siempre el trabajo de los demás, tanto si están en una cafetería, en un restaurante o en un aula de una universidad. Agradecer a otros siempre que tengamos oportunidad es uno de los primeros pasos para ser empático.

5. Practica un estilo de comunicación asertivo. – El asertividad consiste en expresar de manera clara lo que sentimos o pensamos sobre cualquier cosa o persona, respetando siempre las opiniones ajenas. Además de eso, se basa también en escuchar siempre a la otra persona, en no juzgarla, en establecer límites personales y en ser responsable emocionalmente.

6. Valora el sufrimiento ajeno. – Algunas personas tienden a minimizar o relativizar el sufrimiento ajeno o aquellas situaciones en las que alguna persona lo puede estar pasando mal. Este hábito resulta muy poco empático, ya que, de nuevo, significa que nos creemos el centro del universo o que somos superiores a los demás. Lo que a nosotros nos puede parecer una tontería sin importancia, para otros puede suponer vivir un infierno. Un ejemplo claro lo tenemos en quienes padecen estrés postraumático y experimentan situaciones que activan su trauma.

7. Descifra mensajes poco evidentes. – A veces debemos aprender a leer entre líneas en gestos o mensajes no verbales que pueda emitir nuestro interlocutor. Tanto en la comunicación no verbal como en la entonación con la que se dicen las cosas podemos identificar cómo se encuentra la otra persona más allá de su mensaje literal. Las personas empáticas cazan al vuelo todos estos mensajes que otras personas menos observadoras podrán pasar por alto o ignorar.

8. Respeta el ritmo de los demás. – Esto significa que, si alguna persona necesita más tiempo para expresarse o es más lenta, debemos adaptarnos a su ritmo y sus dinámicas de comunicación. Solamente así lograremos conocer en profundidad a esa persona y lograr una conexión verdadera, profunda y genuina.

La terapia psicológica te ayuda a desarrollar empatía. – La intervención psicológica es otro de los recursos más importantes y eficaces para llegar a ser personas más empáticas. Si buscas ayuda profesional para ello, ponte en contacto conmigo.

 

 

MTF. Violeta Gutierrez Solís

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